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viernes, 9 de mayo de 2014

Lo que se ve no se pregunta (o El día que hablé con Epi y Blas)


Nunca olvidaré aquél día que de niño pensé haber mantenido una conversación con Epi y Blas al otro lado de la pantalla. Imagino que por mágica casualidad, e incapaz de comprender el carácter retórico de las cuestiones formuladas por aquellos personajes de fieltro, alguna de mis respuestas se coordinaría con tan precisión con el diálogo televisivo que me llevó a pensar que había hablado realmente con ellos. El hecho es que esperé impaciente y emocionado la llegada de mi madre, que había salido al supermercado, para poder explicarle aquella increíble experiencia catódica. Como es natural, mamá intentó hacerme entender que los personajes de la tele no hablaban con los niños y no le dio mayor importancia a aquél suceso que para mí representaba lo más emocionante que me había ocurrido en lo que llevaba de vida.
No recordaba yo este episodio cuando esta mañana le envié a un amigo una fotografía de rodaje con Jim Henson y sus colaboradores accionando en su estudio aquellas maravillosas marionetas. De forma muy acertada e inteligente, este amigo respondió que había ocasiones en las que "saber la verdad no molaba". Y al momento, me vino a la cabeza aquél episodio infantil, y de repente sentí haber traicionado parte de aquella inocencia.


A día de hoy la información la procesamos a una velocidad que jamás habríamos imaginado; con un solo click. Y lo cierto es que podríamos plantearnos si realmente hay que conocer, analizar y desgranar todo aquello que acontece ante nuestros ojos. ¿Resulta en verdad imprescindible? Qué espacio le dejamos entonces a la ilusión, al enigma, a los matices...
Me contaron que en una ocasión un famoso cantante mexicano se despachó de un periodista que le preguntaba sobre su condición homosexual contestando lo siguiente: "Lo que se ve, no se pregunta". Y yo también pienso que no siempre se ha de mirar por acumular excesiva información pues esto nos lleva a perder un grado importante de ilusión que de algún modo es necesaria para tirar adelante.

* Dedicado a Kumi y demás colegas de la generación peterpanesca ;-)

viernes, 6 de abril de 2012

Sonrisas que matan


 
Siempre me ha estremecido la sonrisa de Jessica Lange por ese aspecto quasi-licántropo que adquiere en cuanto asoma la dentadura. Su bello rostro se transmuta, y esta sonrisa junto a una mirada incisiva parecen estar diciendo "aléjate de aquí o te arranco la cabeza".
Esta actriz nacida en Minnesota tiene que soportar estoicamente que a día de hoy continúen recordándola como la compañera de Jack Nicholson en el remake  de El cartero siempre llama dos veces (1981). Sin embargo su trayectoria, un tanto desigual, yo la asocio a los personajes extremos de películas como Frances (1982) y Titus (1999) y los roles de inestables damas sureñas en Cuando me enamoro (1988) y Las cosas que nunca mueren (1994), por la que se llevaría su segundo Oscar.
Y ahora disfrutamos de su presencia en la serie American Horror Story en la que se mete en la piel de un personaje deliciosamente perverso que solamente ella podría encarnar. Creo que en estos tiempos en los que todo el mundo parece revisitar los cuentos de hadas, tan solo ella, y Barbara Hershey, hubieran sido las mejores candidatas  a meterse en la piel de la peor de las madrastras.

Imagen promocional de American Horror Story

Titus (Titus, 1999)

Cuando me enamoro (Everybody's All-American, 1988)

sábado, 17 de diciembre de 2011

La prima Jackie



Desde que descubrí la insólita historia de Las Beale, no consigo quitarme de la cabeza a estas dos mujeres extraordinarias. Y es que me atraen mucho los personajes quijotescos, especialmente femeninos; Emma Bovary, la señora Havisham, Norma Desmond, Blanche Dubois… Por encima de lo que algunos denominan escapismo, destaco su valentía por escoger libremente opciones de vida a contracorriente por encima de lo que se considera “normal”. En el caso de Las Beale, me gusta imaginarme a Little Edie frente a su espejo ajustándose una chaqueta a modo de turbante con un broche de baratilo. Varios gatos a su alrededor olisqueando entre sus enseres y de fondo el canturreo de la anciana madre…
En 1972, la revista New York Magazine desvelaba la insólita historia de Big Edie y Little Edie, tía y prima de Jackie Onassis respectivamente. Desde hacía años, madre e hija vivían en la destartalada mansión familiar de 28 habitaciones en West Hampton en compañía de una docena de gatos y algún mapache. Estos animales correteaban a sus anchas por montañas de basura acumulada en lo que fue una flamante residencia de veraneo. La anciana, Edith Ewing Bouvier, fue la hija mayor de una de las más  acaudaladas familias de Nueva York. En 1934, su marido abandonó el hogar familiar cansado de su comportamiento voluble y excéntrico. Despreocupada y sin reparar en gastos, Big Edie organizaba veladas intelectuales que en aquellos tiempos no estaban bien vistas en una dama de sociedad. La hija, Little Edie, conocida en su juventud por ser una belleza, nunca llegó a casarse a pesar de ser uno de los mejores partidos de la sociedad neoyorkina. Había heredado el espíritu artístico de la madre y se enfrascó en una infructuosa carrera como modelo y actriz.  Al final, aquejada de una alopecia nerviosa, se retiró de la vida pública enclaustrándose en la mansión familiar al resguardo de la madre.
Las familias Beale y Bouvier acabaron abandonado a su suerte a las dos mujeres con una irrisoria pensión que apenas les daba para sobrevivir. Fue en los setenta, cuando las continuas denuncias de la exclusiva comunidad de los Hamptons por el fuerte hedor y el estado de dejadez de la mansión Beale, lanzaron a la luz pública la existencia de estas singulares parientes de la glamourosa Jackie Onassis. Desconozco si se produjo algún encuentro real entre la viuda de Kennedy y sus parientes. Pero se dice que gracias a la intervención de esta y de su hermana, Las Beale no fueron desalojadas de su propiedad por motivos de salubridad pública.
Sin embargo, el singular modus vivendi de Las Beale caló de tal forma en la opinión pública norteamericana que en 1975 se rodó un documental titulado Grey Gardens, que era el nombre de la mansión. Dos jóvenes realizadores, visitaron la mansión durante cinco semanas filmando el día a día de las excéntricas protagonistas. Las escenas del documental provocan una sensación de tristeza y ternura, viendo el choque de egos que se produce entre dos mujeres olvidadas del mundo que por una vez se saben protagonistas. La anciana madre de mirada perdida seguía interpretando canciones de Cole Porter como si el tiempo no hubiera pasado. Por su parte, Little Edie escenificaba improvisadas coreografías con increíbles estilismos de cosecha propia: pañuelos con forma de turbante, faldas hechas con chaquetas anudadas, prendas de antaño reelaboradas… A pesar de sus discusiones, se percibe un enorme cariño entre ambas mujeres. Y lo que más me fascina es que en aquél escenario de locura y miseria Las Beale parecían vivir en perfecta harmonía, ajenas al mundo, pero felices.

Edith Ewing Bouvier en los años 20

Little Edie, fue una promedora señorita de sociedad.


La casa de las Beale ofrecía este desolador aspecto.



Little Edie posa frente a Grey Gardens.





Curiosamente esta increíble creatividad de Little Edie, precursora de lo que hoy llamamos vintage, ha servido de inspiración a día de hoy, para varias colecciones de diseñadores y multitud de editoriales de moda. También en 2007 se estrenó el musical Grey Gardens en Broadway y el pasado año el canal HBO estrenó un telefilm con el mismo nombre protagonizado por una irreconocible Jessica Lange y Drew Barrymore.


Fotografía de Toshi Tasaki

Vogue España, octubre 2010.


Vanity Fair Italia, noviembre 2011.


Bolso Little Edie de Marc Jacobs.

Cartel del musical de Broadway.

Drew Barrymore y Jessica Lange en la miniserie Grey Gardens.








miércoles, 26 de octubre de 2011

¿Truco o trato?


Aunque recientes readaptaciones de la literatura de Jane Austen o la serie The Walking Dead han puesto de moda el género zombie, yo me sigo decantando hacia lo vampírico. Porque si ambas criaturas tienen muchos puntos en común, también me atrevería a decir que un zombie es a un vampiro lo que Belén Esteban a Carmen Lomana.
Sin necesidad de vagar por el mundo hechos un ecce homo, los vampiros siempre tienen el cuidado de morirse en su mejor momento, llevando al máximo exponente lo de convertirse en un bello cadáver. Desde el porte aristocrático de Bela Lugosi al erotismo salvaje de Alexander Skarsgård,  estas criaturas de la noche han sabido adaptarse a los tiempos.
Porque salvo raras excepciones, entre las que incluiría a los insoportables mocosos de la serie Crepúsculo, que este Halloween llame un vampiro a tu puerta será, más que una pesadilla, el mejor plan que se te pueda presentar.

Bela Lugosi siempre será Drácula.


Tampoco hubo vampira más sexy que la de Ed Wood.

Amanda Pitt, estrella de la Hammer.


La malograda Sharon Tate en El baile de los vampiros (1967)

Catherine Deneuve no perdía la compostura en El ansia (1983)


Monica Belucci, novia vampira en Drácula, de Bram Stoker (1992)

Tom Cruise el Lestat de Entrevista con el vampiro (1994)

Stuart Townsend dejándose hacer en La reina de los condenados (2002)

Stephen Dorff en Blade (1998)


También Elena Anaya fue novia de Drácula en Van Helsing (2004)


Promo de True Blood con Alexander Skarsgård, el vampiro macizo.

lunes, 24 de enero de 2011

À rebours



Christina Hendricks (Joan Harris en Mad Men)


Joan es mi personaje favorito de Mad Men. Sus nalgas contoneándose por la oficina, el colorido de los vestidos y sus cabellos de fuego son un leif-motiv para la serie. En uno de los capítulos, alguien de Sterling-Cooper opinaba que las tipologías de mujer se reducían a dos: las Marilyn Monroe y las Jackie Kennedy. Entonces, al contemplar aparecer a la secretaria, esta persona señalaba una clara excepción: Marilyn era “una Joan”.
Ciertamente, el personaje que interpreta Christina Hendricks va mucho más allá del estereotipo de la rubia ingenua. Si de algo no podría presumir la secretaria sería de ingenuidad. Porque en mi opinión, Joan destila inteligencia a raudales. Y el color de sus cabellos no pasa inadvertido. Tal y como apuntaba en el post “De morenas y rubias”, tradicionalmente las mujeres de cabellera rojiza eran representadas como símbolo de rebeldía y temperamento. Y Hollywood ha dado buena cuenta de ello. En un breve recorrido podemos ver que de una forma y otra, estas mujeres nunca nos dejaban indiferentes.  Las pelirrojas en la gran pantalla, incluso en su versión más cándida,  transmitían una fuerza interior diferente al resto de sus compañeras. Parece como si jugaran en una liga independiente. Con sus propias normas y a contracorriente.
Katherine Hepburn asumió a la perfección el rol de mujer independiente. A esta la siguieron, Susan Hayward, Rhonda Fleming o Arlene Dahl, que más allá de sus cualidades interpretativas, transmitían una fuerza increíble a través de la mirada. Otras destacaron por una aparente frialdad. Y del cine actual, yo haría una especial mención a las interpretaciones extremas de Isabelle Huppert o a Julianne Moore que puntualmente nos regala actuaciones inolvidables.