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jueves, 8 de noviembre de 2012

Vistiendo el celuloide


A mi parecer, uno de los acontecimientos estrella de la temporada londinense está siendo sin lugar a dudas la exposición del Victoria & Albert Museum centrada en el vestuario mítico de las películas de Hollywood. Más de cien vestidos hacen un recorrido por los títulos más célebres del séptimo arte homenajeando así a la importante labor de un sinfín de maestros que contribuyeron de forma muy importante a alimentar el aura dorada que envuelve todo el mundo cinematográfico.
Desde que el cine es cine, y especialmente durante la época dorada de Hollywood, la perfecta maquinaria generadora de mitos en la que se habían convertido los estudios cinematográficos, contó con la inestimable labor de diseñadores de vestuario que en muchos casos desde la sombra se encargaban de enaltecer las fulgurantes estrellas del nuevo universo cinematográfico. Creadores como Bernard Newman, Gilbert Adrian, Irene Lentz, Edith Head o Travis Banton entre otros, alimentaron con sus diseños la visión glamourosa de los actores en los estudios. Seguramente siguiendo las premisas marcadas desde el viejo continente, sus diseños no dejan de ser auténticas creaciones que en muchos casos han sido injustamente ignoradas en los compendios sobre historia de la moda. Los productores americanos eran tan conscientes de la importancia de la imagen proyectada por sus estrellas, que Samuel Goldwyn contrató en 1931 por una suma millonaria a la mismísima Gabrielle Chanel para que viajara dos veces al año a Los Ángeles a diseñar para sus principales actrices.
 
Joan Crawford luciendo una creación de Adrian.
 
Por otro lado, con el paso de los años, los actores lograron liberarse del férreo control de los estudios, y su propia voluntad se fue imponiendo hasta llegar a escoger ellos mismos a sus propios diseñadores. En 1950, Marlene Dietrich al ser requerida por Alfred Hitchcock para protagonizar Pánico en la escena (Stage Fright) impuso su férrea voluntad en que la casa Dior creara en exclusiva su vestuario con la famosa frase “No Dior, no Dietrich”. Lo cual, por otra parte, complicó todavía más, la tensa relación con su compañera de reparto Jane Wyman. Lo cierto es que el cine y la moda han creado más de un tándem indisoluble, otro buen ejemplo lo encontramos en la pareja formada por Audrey Hepburn y Hubert de Givenchy a los que les unió también una estrecha relación de amistad.
 
Victoria Abril con un diseño de Gaultier para la película Kika.
 
Esta relación entre los creadores de moda y el mundo del cine se extiende hasta nuestros días. En ocasiones fruto de una mutua admiración, como puede ser en el caso de Gaultier - Almodóvar, y en otros casos como una mera herramienta promocional. Y por otro lado, continúa siendo fundamental el trabajo de increíbles diseñadores de vestuario contemporáneos como Gabriella Pescucci, Ann Roth, Piero Tosi, Eiko Ishioka (recientemente fallecida) o Milena Canonero, entre otros, sin el cual  innumerables películas perderían esa identidad visual que las fija en la memoria del espectador. Ojala exposiciones como la del V&A Museum contribuyan a ensalzar esta faceta creativa tan significativa como indispensable.
 

La Harlow sobre una tabla de descanso que evita arrugar su vestido.

 
Diseño de Walter Plunkett para Lo que el viento se llevó.
 

La actriz Ira Claire conversa con Gabrielle Chanel

 
Juntos, cinco de los grandes: Newman, Banton, Head, Adrian, and Irene.
 
Joan Fontaine popularizó la "rebeca", conocida por los fashionistas como twin-set.
 
Creación de Travis Banton
 
Creación de Bernard Newman.
 
Creación de Irene Lentz.
 
Shirley Maclaine probando un vestido de Edith Head.
 
Audrey Hepburn con Givenchy
 
Marlene Dietrich siempre fiel a Dior.
 
Cecil Beaton diseñando para My Fair Lady.
 
Barbarella vistiendo de Paco Rabanne
 
Diseño de Piero Tosi para El Gatopardo.
 

La Sastrería Tirelli todavía elabora gran parte del vestuario de las grandes producciones.

 
Vestuario de Ludwig de Visconti en la colección Tirelli.
 
Giorgio Armani vistió a Los Intocables.
 

Tacones Lejanos Victoria Abril de Chanel y Marisa Paredes de Armani

 
Gabriella Pescucci, colaboradora habitual en los filmes de Scorsese.
 
 
Celebradísimo trabajo de Milena Canonero para Barry Lyndon.
 
Eiko Ishioka dio su particular visión al Drácula de Bram Stoker de Coppola.
 
Imagen promocional de la firma Tom Ford

Publicidad de Giorgio Armani

El vínculo cine-moda siempre estará vigente...

 
 


Desfile Primavera/Verano 2013 de Ulyana Sergeenko, todo un homenaje a los diseños de Walter Plunkett para la heroína de Loque el viento se llevó (1939)

jueves, 17 de marzo de 2011

Mas allá del tiempo

Gustave Caillebotte. Rue de Paris, temps de pluie. 1877


Al contrario de lo que piensa mucha gente, para mí, los días de lluvia siempre resultan reconfortantes. Y mucho más esta semana, pudiendo estar en casa disfrutando del fenómeno desde la ventana. Puede que los oriundos de tierras atlánticas no compartan con tanta alegría semejante afirmación. Sin embargo, desde mi perspectiva mediterránea, la visita de la borrasca aporta una nota de color a nuestra climatología sosegada.
Siempre he pensado que de haber sido ladrón de guante blanco, una de mis primeras "adquisiciones" sería el cuadro de Gustave Caillebotte titulado Rue de Paris; temps de pluie. Esta pintura, que forma parte de la colección permanente del Art Institute de Chicago, retrata las figuras de los paseantes protegidos bajo sus paraguas en la confluencia de la Rue de Tourin con la Rue de Moscou. Caillebotte refleja como pocos la atmósfera característica de estos días lluviosos. La de los cielos plomizos y las aceras brillantes.  Está claro que sin ocupar un lugar preferente entre los impresionistas, este pintor fue el que mejor supo reflejar la cotidianidad de sus contemporáneos. Y esta cotidianidad, a día de hoy, nos sigue pareciendo cercana.
Pero hay dos aspectos que me resultan especialmente atractivos y enigmáticos dentro de esta pintura: Por un lado, su precisa composición a base de horizontales y verticales a veces me hace pensar que quizás esconde alguna ecuación leonardesca a la espera que una mente superior la descubra. Pero lo que más me atrae es sin lugar a duda un detalle de la figura femenina en primer término. Si pudiéramos acercanos al lienzo observaríamos el brillo intenso de una perla que cuelga de su pendiente. Este detalle, apenas insignificante, siempre me ha llevado a recordar la famosa pintura de Vermeer. Y en mi fantasía, imagino que aquella joven anónima del siglo XV haya sido quizás el único ser privilegiado capaz de viajar mas allá del tiempo y que de vez en cuando se permite lanzarnos un guiño cómplice al resto de los mortales.

Johannes Vermeer. La chica de la perla. 1665
 

viernes, 12 de noviembre de 2010

De morenas y rubias


Esta temporada la Cinemathèque Française de París nos sorprende con la exposición Brune/Blonde, una mirada al mundo cinematográfico a través de las cabelleras más emblemáticas de la gran pantalla. A lo largo de la historia, la representación figurativa de la mujer ha quedado incuestionablemente ligada a un elemento aparentemente anecdótico como puede ser la cabellera. De forma cultural, tanto en oriente como en occidente, el cabello de una mujer conserva connotaciones mucho más profundas de lo que podríamos pensar. En el cartel de la exposición nos muestra un fotograma de Penélope Cruz en Los abrazos rotos (2009) con una llamativa peluca rubia platino. Ver a nuestra actriz más internacional, paradigma de la belleza hispana, luciendo una peluca a lo Marilyn, no deja de desconcertarnos. Justamente, esta muestra ahondará en las diferentes lecturas que nos ofrece tan singular elemento.


La cabellera en sus múltiples variantes ha sido entendida como un símbolo inherente al universo femenino. Mediante ella, la representación de la mujer ha expresado inocencia, sensualidad, castidad e incluso lujuria. A nivel pictórico, en el XIX fueron diversos movimientos (Simbolistas, Prerrafaelitas, Modernistas y Estetas) los encargados en difundir una iconografía de mujeres de largos cabellos como precedentes de la femme fatale. Estas mujeres acostumbraban a lucir melenas sueltas como símbolo de su independencia. Solían pintarlas pelirrojas, ya que esta tonalidad estuvo siempre asociada a lo prohibido. Sus composiciones sobre brujas, vampiras, prostitutas o mujeres consideradas peligrosas, femmes tentaculaires, conincidían en el color rojizo de sus cabellos.

Lucien Lévy-Dhurmer pintaba en 1896 esta sensual Eva pelirroja


Ya ahondando en el terreno cinematográfico, es de rigor comenzar a por la heroína hitchcockiana, denominada de forma más común la "rubia Hitchcock". El director británico tenía una especial debilidad hacia un ideal de mujer refinada. Actrices como Grace Kelly, Eva Marie Saint o Tippi Hedren contenían aquella belleza fría e inaccesible que resultaba tan excitante y sensual para el realizador. Dentro de la contención característica en esta tipología de mujer, las intérpretes llevaban su cabello cuidadosamente peinado y recogido. Un buen ejemplo será el moño espiral que luce Kim Novak en Vértigo (1958) al cual Hitchcock dedicará un primerísimo primer plano. En este film, la actriz interpretaba a la vez dos personajes antagónicos; Madeleine Elster, la rubia refinada, y Judy Barton, castaña y más corriente. Al igual que Hitchcock, la cinematografía de Luis Buñuel recurrió a la sensualidad escondida en la rubia fría en aparencia reencarnada como nadie por Catherine Deneuve.



En el cine siempre ha sido común esta dualidad entre la mujer rubia y la mujer morena. Grace Kelly compartiría protagonismo con las morenísimas Katy Jurado y Ava Gadner en Solo ante el peligro (1952) y Mogambo (1953) respectivamente. Podemos comprobar cómo la coloración del pelo no es algo gratuito, en muchas ocasiones va ligado a una lectura moral. Normalmente la rubia natural - las rubias platino merecerían otra consideración- representaba valores positivos, de mujer inocente mientras que la morena prefiguraba una personalidad mucho más libre y sensual. Seguramente, una de las escenas más recordadas de Gilda (1946) será el famoso baile de Rita Hayworth desquitándose de sus guantes y agitando su melena oscura sobre el escenario. Las morenas solían presentar una moralidad cuestionable en el cine de antaño. Theda Bara, paradigma de la vamp tenía por costumbre retratarse con sus cabellos sueltos ofreciendo una imagen erótica y enigmática a la par. La mujer de melena oscura resultaba ser frecuentemente una figura amenazante para el protagonista masculino y terminaría metiéndolo en multitud de problemas. Desde otra perspectiva, también habría que mencionar la heroína neo-realista, representada como nadie en la figura de Anna Magnani, poseedora una belleza mediterránea poco estilizada, casi brutal e incontrolable. Esta figura iba a ser retomada nuevamente por Pedro Almodovar en el personaje que interpretaría Penélope Cruz en Volver (2006). Su Raimunda rendía un claro homenaje esta tipología.



Es innegable la enorme influencia que ha ejercido el cine en la vida cotidiana. Las actrices han sido y son referentes para el espectador y en multitud de ocasiones, sus gestos, su forma de vestir o su peinado han logrado trascender más allá de la pantalla. Fue Louise Brooks una de las primeras estrellas que marcaron estilo a través de su conocido corte de pelo que fue imitado en el periodo de entreguerras por innumerables féminas. Pero uno de los referentes más singulares será el de Veronica Lake. La actriz, de cualidades interpretativas poco notables, llegó al estrellato en los años 40 gracias a un peinado que la hizo mundialmente famosa. Dicho corte, llamado peek-a-boo-bang consistía en una melena platino ondulada que cubría parcialmente el lado derecho de su rostro. El éxito fue tan grande, que en cierto momento, el departamento de guerra de los Estados Unidos pidió a la Paramount cambiar el peinado de la actriz ya que las mujeres que trabajaban en las fábricas de armamento corrían el riesgo de enredar su melena en los engranajes de las cadenas de montaje. Más adelante, el cabello corto a lo garçon que lucía Jean Seberg en Buenos días tristeza (1958) o Al final de la escapada (1960) establecería un patrón de chica intelectual, alternativa y rebelde que sería continuado por otras actrices como Mia Farrow o la modelo Twiggy. Y otro ejemplo, mucho más reciente, lo encontramos en el peinado que lució Audrey Tatou en Amélie (2001). La estética de la película influyó determinadamente, y algunas espectadoras se sintieron cómodas dentro de aquella estética de chica ingenua y romántica.

En ocasiones, el peinado de las actrices ha sido un modelo a seguir

Finalmente, otro de los aspectos más recurrentes dentro de esta temática lo encontramos en el mundo de las pelucas. Este objeto casi fetiche que nos adentra en temáticas como la usurpación de la personalidad o el travestismo y merecería todo un capítulo por sí mismo. La exposición de París abarca en profundidad estos temas y muchos otros. Quien pueda hacer una escapada, podrá disfrutar de la misma hasta el próximo 16 de enero.