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lunes, 16 de julio de 2012

Re-creaciones (2)



Una extraña asociación de ideas, provocó que las primeras imágenes de Naomi Watts como Diana de Gales me llevaran a recordar aquél programa en el que unos concursantes anónimos, aficionados al cante, atravesaban una cortina de humo para salir por el otro lado caracterizados, con mayor o menor fortuna, al modo de su estrella favorita.
Esta última afición hacia los biopics, es decir, a la ficción basada en la vida real de celebridades, comienza a resultarme preocupante. Porque si en un primer momento pudiera parecer una tentantiva propia de este inicio de siglo en rememorar figuras ilustres de tiempos pasados, empiezo a sospechar que es fruto de una incipiente sequía de ideas en lo que antes llamaron la fábrica de sueños.
Aunque existen excepciones notables, el subgénero de los biopics venía siendo más propio de los telefilmes de serie B que podíamos ver en cualquier canal privado durante la sobremesa. Sin embargo, en los últimos tiempos, los grandes estudios han dignificando el género haciendo uso de su propio star-system y lanzando globos sonda a través de imágenes promocionales con las caracterizaciones sorprendentes. Que a fin de cuentas es lo mismo que esperar ver a Santiago Segura en la piel de Conchita Velasco.


















miércoles, 16 de febrero de 2011

Disculpa, querida. Tengo que recoger un premio...

 

En estos días previos a la entrega de los Oscar no puedo evitar recordar una anécdota que me contó mi amigo Guillermo Balmori, posiblemente una de las personas que más sabe sobre le época dorada de Hollywood, reflejada en su libro sobre la famosa estatuilla.


 
Corría el año 1963, Bette Davis y Joan Crawford habían protagonizado ¿Qué fue de Baby Jane?, una de las producciones que más ríos de tinta habrá generado debido a la conocida animadversión que se profesaban ambas estrellas. Las anécdotas de rodaje fueron muchas ya que las dos actrices hicieron lo posible e imposible por amargarse la existencia. El destino, que es caprichoso y cruel, hizo que aquél año resultara únicamente Bette Davis nominada en la categoría a mejor actriz, dejando totalmente fuera de juego la interpretación de su compañera. Mas allá de resignarse, Joan Crawford todavía estaba dispuesta a quemar un último cartucho. La actriz se puso en contacto con el organizador de la gala ofreciéndose para presentar cualquier premio que consideraran conveniente. Por otro lado movió todos los hilos posibles para contactar con el resto de las nominadas ofreciéndose para recoger su premio en el caso que no pudieran acudir a la entrega de premios. Aquél año Bette Davis se presentaba como clara favorita para ganar el premio, pero contra todo pronóstico, el nombre que apareció en la papeleta no fue el suyo, sino el de Anne Bancroft por su interpretación en El milagro de Ana Sullivan. Casualmente Anne Bancroft no había podido acudir aquella noche a la gala, pues tenía una representación en Broadway. Cuenta la leyenda que una Bette Davis paralizada sintió sobre su hombro la mano helada de Joan Crawford que le espetó un “Disculpa, querida. Tengo que recoger un premio.”

 

De esta forma, Joan Crawford consiguió robarle todo el protagonismo a su histórica rival. Pues independientemente que ella hubiera sido nominada, aquella noche terminó subiendo al escenario en dos ocasiones, para entregar el premio a David Lean por Lawrence de Arabia, y lo más importante, para recibir el de mejor actriz.

 

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Ellas se encuentran

Tal y como nos relataba Ovidio en las Metamorfosis, de vez en cuando, los dioses se encuentran. En la literatura clásica, las consecuencias de tales coincidencias divinas acostumbraban a ser catastróficas, especialmente en el destino (el fatum) de los héroes o mortales que se cruzaban por su camino. 
Grace Kelly and Audrey Hepburn, Allan Grant, 1956

 

Y hablando de encuentros, el mitómano recalcitrante que llevo dentro quedó inevitablemente fascinado al descubrir esta instantánea de Allan Grant. En ella podemos reconocer las siluetas de Grace Kelly y Audrey Hepburn compartiendo un mismo espacio. ¡Apenas separadas por un metro de distancia! Y con sus miradas concentradas en lo que se adivina un horizonte común. Aquella noche del 21 de marzo de 1956, Allan Grant cubría para la revista Life la ceremonia de entrega de los Oscars de Hollywood. Las dos actrices, esperaban en el backstage para presentar sus correspondientes premios. Ese año ninguna de las dos estaba nominada. Grace había ganado el Oscar como mejor actriz un año antes por su interpretación en La angustia de vivir (1954), y aquella noche representaba su despedida del reino del celuloide porque en pocos meses se convertiría en la flamante princesa de Mónaco. Por su parte, Audrey había sido galardonada con el preciado premio dos años antes, gracias a su papel de la princesa Anne en Vacaciones en Roma (1953). Ambas tenían la misma edad, se encontraban en su mejor momento profesional, y allí estaban,  más bellas que  nunca, ignorándose mutuamente.
Para mí que en aquél preciso instante fueron almas gemelas. Sólo hay que observar el porte distinguido de ambas siluetas y el brillo que irradian a su alrededor. Grace aguarda serena e inquebrantable en su papel de chica-bien de Filadelfia luciendo un diseño de gasa de Helen Rose, su modista preferida. En una postura similar, espera Audrey, vestida cómo no, por su estimado Hubert de Givenchy. Audrey estira tímidamente su largo cuello como para poder visualizar mejor el objetivo. Grace no lo necesita, pues su pragmatismo norteamericano la ha hecho situarse en el mejor punto de visión. Admirándolas en aquella foto, se me antojaban como dos deidades, ¡la Gracia y la Belleza!, rivalizando en presencia y fulgor.
Lamentablemente, la realidad no fue tan poética. Un tiempo después descubrí una nueva instantánea perteneciente a la misma serie donde se podía comprobar que las dos bellas actrices sí llegaron a saludarse y seguramente departieron animadamente. Pensándolo mejor, caí en mi ingenuidad al imaginar que dos chicas educadas como Audrey o Grace, se hubieran hecho semejante vacío. ¡Entre una Joan Crawford y una Bette Davis, otro gallo cantaría! Pero con Grace y Audrey como protagonistas, jamás.
En mi decepción sigo buscando estos encuentros (o desencuentros) entre divinidades. Y gracias a la complicidad que nos permite el género fotográfico, me gusta fantasear una y otra vez sobre estas escenas. ¿De qué hablan? ¿Qué afecto se profesan? Porque yo estoy seguro que cuando los dioses bajan del Olimpo les gusta impregnarse, aunque sea por un momento, de las bajezas del mundo terrenal.