Hace unos meses, leía un artículo titulado "Las comedias románticas perjudican seriamente la salud" que trataba sobre una blogger estadounidense que hacía una tesis sobre los efectos irreversibles que podían generar en el público las comedias románticas contemporáneas que protagonizan Jennifer Aniston, Reese Witherspoon o Sandra Bullock entre otras. Según la autora, en los últimos años, este género, ya de por sí plagado de estereotipos, acusaba de una radicalización de valores reaccionarios construyendo, en definitiva, un mensaje de lo más machista. Chloe Angyal concluye que, para el público, mayoritariamente femenino, este género cinematográfico "moldea las ideas y expectativas de lo más importante en su vida: amor, trabajo, amistad, sexo y género. Y algunas de estas ideas son preocupantemente sexistas y regresivas".
Para mi satisfacción , la autora salvaba de la quema a la realizadora y guionista Norah Ephron porque aun siendo inevitable considerar su cinematografía precursora de las comedias románticas que inundan las carteleras, sus películas siempre fueron más allá. En su opinión, cada film de esta realizadora destacaba en su momento por ofrecer una visión progresista sobre las relaciones y es por eso que hoy en día continúan recordándose. Y esto es algo que no les ocurre a las comedias actuales a raíz de su superficialidad.
Utilizo el pasado porque tristemente esta semana fallecía Norah Ephron. Y no puedo dejar pasar esta oportunidad para reconocer mi admiración por esta directora norteamericana que tan buenos momentos me ha hecho pasar con sus películas. Tachada injustamente cursi, considero que su reconocimiento está todavía por llegar. Yo tengo una especial afición por lo que llamaría su "trilogía Meg Ryan", todo un homenaje a la comedia de oro americana (Leo McCarey siempre presente), a la isla de Manhattan, y a las preocupaciones comunes de tantas almas solitarias que habitamos las grandes ciudades. La química entre los actores, los diálogos inteligentes y la bella postal que forma la ciudad de los rascacielos hacen que sea una auténtica delicia disfrutar una y otra vez de sus películas. Y aún sabiendo que puedo resultar muy ñoño, gracias a estas, de vez en cuando sigo ilusionándome con la idea de encontrar a mi media naranja en la librería de la esquina.
Cuando Harry encontró a Sally... (When Harry Met Sally..., 1989)
La place Furstemberg es uno de mis rincones favoritos de París. Sin tener nada destacable, se compone de una pequeña rotonda con una farola en el centro flanqueada por cuatro castaños, el espacio rezuma una atmósfera tan acogedora que sientes irremediablemente la necesidad de hacer un alto tu camino. También en este lugar se desarrolla la secuencia final de La edad de la inocencia. Newland Archer, el personaje que interpreta Daniel Day Lewis, ya anciando, dirige una mirada entre melancólica y resignada hacia la ventana donde vive la que fue el gran amor de su vida. Al final, la figura del caballero neoyorquino alejándose por las callejuelas de esta ciudad extrangera para él, siempre me ha resultado de lo más conmovedora.
Los norteamericanos, que sienten una fascinación particular hacia todo lo francés, (por resultarles, imagino, increíblemente exótico) les gusta de narrar la experiencia sensorial de sus compatriotas viajero en territorio galo. Y se me ocurren multitud de ejemplos. El pasado año Woody Allen reflexionaba sobre la nostalgia en Midnight in Paris a través de la visita que hacían sus personajes a la ciudad de la luz. Pero no era la primera vez que cambiaba la isla de Manhattan por la capital francesa, pues años antes había realizado similar ejercicio en Todos dicen I love you, aunque en aquella ocasión fue en clave de comedia coral, como homenaje al género musical clásico del estilo de Un americano en París, de Vincente Minelli.
En mi opinión, el realizador que más empeño ha puesto en reflejar este choque de culturas ha sido James Ivory. Su filmografía contiene tres películas menores que sin embargo componen una trilogía fantástica sobre la experiencia americana en París. La primera, Jefferson en París, ilustra el periodo como embajador del futuro presidente de los Estados Unidos en los convulsos tiempos revolucionarios. La segunda, La hija de un soldado nunca llora, es una pequeña joya que retrata la experiencia de una familia americana que tras vivir durante la década de los 60 en la capital francesa, se dan cuenta al volver a América que se han vuelto extrangeros en su propia tierra. Finalmente, en el 2003, dirigió una deliciosa comedia de enredo titulada Le divorce sobre los encuentros y desencuentros de familias oriundas de ambos lados del Atlántico.
Porque la ciudad de la luz ha sido el escenario perfecto para plasmar el amor intercultural tanto en clave de comedia, tal y como hacía Lawrence Kasdan en French Kiss como en clave romántica al estilo de Antes del atardecer de Richard Linklater.
Reconozco soy un romántico empedernido que sumado a mi amor incondicional hacia la ciudad de la luz podría incapacitarme totalmente a la hora de escoger alguno de los títulos mencionados. Sin embargo, si aún así tuviera que decantarme por uno, me quedaría sin lugar a dudas con el conmovedor capítulo que rodó Alexander Payne para París je t'aime. Todo un homenaje a la joie de vivre bajo la mirada solitaria de una cartera de Denver que descubre por primera vez los escenarios parisinos.