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miércoles, 1 de mayo de 2013

Coronación


  En uno de sus libros*, relataba Terenci Moix de forma muy divertida de cómo las hermanas Bonaparte pusieron el grito en el cielo cuando se les planteó la posibilidad de llevar la cola del manto de Josefina durante la ceremonia de coronación del emperador Napoleón.
  - ¿Dónde se ha visto que unas princesas imperiales tengan que aguantar la cola de una advenediza? - gritó Carolina (Bonaparte), fuera de sí.
   Después de unos minutos de tenso rifi-rafe, el primer ministro Talleyrand intervenía de forma diplomática sugiriendo que quizás aquél lamentable equívoco se debía a una cuestión de vocabulario y que si en lugar de decir "llevar la cola", el protocolo pudiese decir "sostener el manto", sería muy probable que las princesas lo encontrasen más razonable. De esta forma se zanjó aquella situación esperpéntica en el ensayo general de Fontainebleau.
 
Fotograma de la película Désirée (1954) con Marlon Brando y Merle Oberon

Gina Lollobrigida es Paulina Bonaparte en Venus Imperial (1962)


Dibujo preparatorio de Jacques-Louis David (1805)
 
Jacques-Louis David. La consagración de Napoleón (1807)
 
   Cuando uno entra en la sala de grandes formatos del ala Denon en el Museo del Louvre, no puede dejar de sorprenderse por las dimensiones extraordinarias, 629 x 979 cm, del lienzo La consagración de Napoleón. Encargada por el emperador al pintor de la corte Jacques-Louis David para inmortalizar la ceremonia de coronación en Notre Dame del 2 de diciembre de 1904,  esta obra requirió de cuatro años de intenso trabajo para poder realizarse.  
   El visitante del museo, ante el gran lienzo no puede evitar sentirse espectador de lo que debió ser un momento de gran transcendencia histórica. Aún así, la escena no escapa de un evidente aire de teatralidad y a causa de esto, siempre termino recordando el episodio relatado por Terenci e imagino que los protagonistas de la escena debieron sentirse nada más y  nada menos que actores disfrazados con las mejores galas en papeles que en un principio no habían estado pensado para ellos. Porque bien es sabido, que a excepción de la emperatriz, el resto del clan Bonaparte provenía de orígenes nobles más bien modestos y jamás hubieran ni imaginado terminar recibiendo tratamiento de familia imperial.
 
Salón de los grandes formatos en el Museo del Louvre

Fotograma de la película Napoleón de 1903 (desaparecida)

François Gérard. Napoleón I. 1805

François Gérard. La emperatriz Josefina. 1808

Henri Cartier-Bresson. Musée du Louvre, 1954

 
* Terenci Moix. Venus Bonaparte. Editorial Planeta. 1994

miércoles, 15 de diciembre de 2010

La belleza incómoda

Lo primero que hizo Teresa al entrar en la habitación de aquél hotel fue sacar su vestido de la maleta para colgarlo en el armario. La huelga de los controladores aéreos la había dejado en tierra y casi ya había aceptado con resignación que no iba a asistir a la boda de su nieto que se celebraría en Londres a la mañana siguiente. Tras un reconfortante baño, la mujer encendió el televisor y se puso a hojear una publicación que había sobre la mesita de noche llamada “Madrid In & Out”. Sin embargo, pronto comprendió que la mayoría de los artículos estaban escritos en inglés por lo que volvió a dejar la revista en su sitio. En su juventud, Teresa había recibido una muy buena educación en las Carmelitas de Santander, pero en aquellos tiempos las niñas de su clase eran adoctrinadas, cómo no, en lengua francesa.
Fue entonces cuando algo que retransmitían en el telenoticias llamó poderosamente su atención. Ante el estado de excepción decretado por el Gobierno, se emitía en directo la conferencia de prensa convocada por el portavoz del sindicato de los controladores. Teresa se desprendió de sus lentes de lectura y concentró su mirada en la pantalla del televisor. Un hombre, parapetado tras una montaña multicolor de micrófonos, contestaba con suma paciencia cada una de las preguntas de los periodistas. Tras medio minuto de entrevista, la retransmisión volvió a los estudios del telenoticias y para su sorpresa, Teresa se dio cuenta que no había oído ni una sola de las palabras pronunciadas por el entrevistado.
Por un instante, pensó que el volumen del aparato no estaba lo suficientemente alto. Sin embargo estaba escuchando perfectamente la voz de los presentadores. Desconcertada, constató con cierto rubor que de aquellas imágenes recién emitidas, no se había dado cuenta de nada. Sólo de una cosa.  Claro está. Aquél hombre le pareció increíblemente bello.

 
 
¿Por qué nos sorprenden tanto los hombres bellos? Porque la belleza en los varones bellos es algo inherente. Esta reflexión podría parecer una obviedad, pero no lo es. Tenemos el caso de las mujeres, donde la hermosura puede llegar a ser algo circunstancial. A lo largo de la historia, el mundo femenino ha dispuesto de multitud de recursos (dígase moda, cosmética, complementos…) útiles para subrayar e incluso concebir un ideal de belleza. Sin embargo, los hombres bellos lo son en sí mismos, sin aditivos. Más allá de las modas, la belleza masculina se ha vuelto dogmática. Incuestionable. Y casi me atrevería a decir, hiriente.