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sábado, 17 de diciembre de 2011

La prima Jackie



Desde que descubrí la insólita historia de Las Beale, no consigo quitarme de la cabeza a estas dos mujeres extraordinarias. Y es que me atraen mucho los personajes quijotescos, especialmente femeninos; Emma Bovary, la señora Havisham, Norma Desmond, Blanche Dubois… Por encima de lo que algunos denominan escapismo, destaco su valentía por escoger libremente opciones de vida a contracorriente por encima de lo que se considera “normal”. En el caso de Las Beale, me gusta imaginarme a Little Edie frente a su espejo ajustándose una chaqueta a modo de turbante con un broche de baratilo. Varios gatos a su alrededor olisqueando entre sus enseres y de fondo el canturreo de la anciana madre…
En 1972, la revista New York Magazine desvelaba la insólita historia de Big Edie y Little Edie, tía y prima de Jackie Onassis respectivamente. Desde hacía años, madre e hija vivían en la destartalada mansión familiar de 28 habitaciones en West Hampton en compañía de una docena de gatos y algún mapache. Estos animales correteaban a sus anchas por montañas de basura acumulada en lo que fue una flamante residencia de veraneo. La anciana, Edith Ewing Bouvier, fue la hija mayor de una de las más  acaudaladas familias de Nueva York. En 1934, su marido abandonó el hogar familiar cansado de su comportamiento voluble y excéntrico. Despreocupada y sin reparar en gastos, Big Edie organizaba veladas intelectuales que en aquellos tiempos no estaban bien vistas en una dama de sociedad. La hija, Little Edie, conocida en su juventud por ser una belleza, nunca llegó a casarse a pesar de ser uno de los mejores partidos de la sociedad neoyorkina. Había heredado el espíritu artístico de la madre y se enfrascó en una infructuosa carrera como modelo y actriz.  Al final, aquejada de una alopecia nerviosa, se retiró de la vida pública enclaustrándose en la mansión familiar al resguardo de la madre.
Las familias Beale y Bouvier acabaron abandonado a su suerte a las dos mujeres con una irrisoria pensión que apenas les daba para sobrevivir. Fue en los setenta, cuando las continuas denuncias de la exclusiva comunidad de los Hamptons por el fuerte hedor y el estado de dejadez de la mansión Beale, lanzaron a la luz pública la existencia de estas singulares parientes de la glamourosa Jackie Onassis. Desconozco si se produjo algún encuentro real entre la viuda de Kennedy y sus parientes. Pero se dice que gracias a la intervención de esta y de su hermana, Las Beale no fueron desalojadas de su propiedad por motivos de salubridad pública.
Sin embargo, el singular modus vivendi de Las Beale caló de tal forma en la opinión pública norteamericana que en 1975 se rodó un documental titulado Grey Gardens, que era el nombre de la mansión. Dos jóvenes realizadores, visitaron la mansión durante cinco semanas filmando el día a día de las excéntricas protagonistas. Las escenas del documental provocan una sensación de tristeza y ternura, viendo el choque de egos que se produce entre dos mujeres olvidadas del mundo que por una vez se saben protagonistas. La anciana madre de mirada perdida seguía interpretando canciones de Cole Porter como si el tiempo no hubiera pasado. Por su parte, Little Edie escenificaba improvisadas coreografías con increíbles estilismos de cosecha propia: pañuelos con forma de turbante, faldas hechas con chaquetas anudadas, prendas de antaño reelaboradas… A pesar de sus discusiones, se percibe un enorme cariño entre ambas mujeres. Y lo que más me fascina es que en aquél escenario de locura y miseria Las Beale parecían vivir en perfecta harmonía, ajenas al mundo, pero felices.

Edith Ewing Bouvier en los años 20

Little Edie, fue una promedora señorita de sociedad.


La casa de las Beale ofrecía este desolador aspecto.



Little Edie posa frente a Grey Gardens.





Curiosamente esta increíble creatividad de Little Edie, precursora de lo que hoy llamamos vintage, ha servido de inspiración a día de hoy, para varias colecciones de diseñadores y multitud de editoriales de moda. También en 2007 se estrenó el musical Grey Gardens en Broadway y el pasado año el canal HBO estrenó un telefilm con el mismo nombre protagonizado por una irreconocible Jessica Lange y Drew Barrymore.


Fotografía de Toshi Tasaki

Vogue España, octubre 2010.


Vanity Fair Italia, noviembre 2011.


Bolso Little Edie de Marc Jacobs.

Cartel del musical de Broadway.

Drew Barrymore y Jessica Lange en la miniserie Grey Gardens.








lunes, 10 de octubre de 2011

Cuando Marilyn se aparece


 
Observo el último reportaje de la edición americana de VOGUE con una Michelle Williams caracterizada como Marilyn Monroe a raíz de su intervención en la recién estrenada My week with Marilyn y me doy cuenta que justo en aquél estilismo menos glamouroso, es cuando el acercamiento al mito se ha hecho más evidente. No es la primera vez, ni será la última, que alguien intenta recrear este icono universal. Semejante osadía suele terminar con más pena que gloria. Y sin embargo, en muy contadas ocasiones, cierta transmutación se produce durante una centésima de segundo.
Y yo, que soy muy creyente, suelo pensar que por encima de las cualidades miméticas de la actriz de turno, es Marilyn (o Norma Jean) la que decide por unos segundos introducirse en la piel de la susodicha como para decirnos al resto de los mortales "Todavía sigo aquí".
A continuación alguno de los intentos más o menos gloriosos.


Scarlett Johansson

Lindsay Lohan

Mira Sorvino

Ashley Judd

Nicole Kidman

Angelina Jolie

Renée Zellwegger

Increíble Lisa Marie Presley

Charlize Theron

Paris Hilton

Madonna

Andrej Pejic

sábado, 23 de octubre de 2010

Dovima con elefantes


Dovima with Elephants, Richard Avedon, 1955


- ¡Hasta mañana, Dorothy!
- ¡Adiós Mortimer! -respondió Dovima automáticamente.
Una vez se despidió del último cliente del bar, retiró con la bayeta unas migajas de la barra y deshizo el lazo de su delantal. A sus cincuenta y siete años, Dovima no había perdido un ápice de la elegancia que la había hecho mundialmente famosa. Ciertos signos de la edad se evidenciaban en sus cabellos canos y en las arrugas de su cuello y manos. Sin embargo, su porte esbelto era el de siempre y la mujer se desenvolvía dentro de aquél bar como el cisne en el estanque.
Aquella calurosa tarde de agosto, Dovima vestía un favorecedor vestido negro regalo de la mismísima Gabrielle Chanel. Nadie en aquel bar de carretera del condado de Broward, Florida, podría haberse percatado de semejante detalle, a excepción del hijo del reverendo Mitchell, un taciturno adolescente con gafas de pasta que miraba y admiraba a aquella mujer oculto tras un batido de cerezas y soda. Dorothy Virginia Margaret Juba -este era el nombre real de Dovima- había tenido que hacerse cargo del negocio al enviudar de su tercer y último marido. Se trataba de uno de los muchos establecimientos 24 Hours desperdigados por la carretera que unía el aeropuerto de Fort Lauderdale con el resto de poblaciones. La clientela, variada y circunstancial, se componía básicamente de camioneros que cubrían la ruta de Miami a Palm Beach y familias de turistas en la época veraniega.
Aprovechando aquél momento de tranquilidad, Dovima colgó el delantal y se dirigió lentamente hacia al porche de entrada al local. Una vez fuera, apoyó su hombro en un poste, abrió una delicada pitillera art-decó y deslizó sus largos dedos entre los cigarrillos antes de decidirse por uno. El sol de la tarde  la deslumbraba con intensidad y el ruidoso camión de Mortimer pasó por delante levantando una considerable polvareda. El entarimado de madera tembló levemente bajo los pies de Dovima. Ella entonces cerró sus ojos y un recuerdo la trasladó a París.
Fue en el año 1955. Tenía ella veintiocho años y posaba en el Cirque d'Hiver luciendo el primer traje de noche diseñado por Yves Saint Laurent para la Maison Dior. También aquella mañana de agosto, el suelo de madera tembló sensible al movimiento brusco de los enormes elefantes entre los que se encontraba posicionada. Todavía recordaba con perfecta claridad aquellos sonidos; el crujir de las cadenas, la fusta del domador y especialmente los disparos incesantes desde el obturador de la cámara de Richard Avedon. Concentrada en su postura, la modelo tenía a los animales fuera de su campo de visión. Sin embargo el intenso aroma que desprendían aquellos titanes no le hacían olvidar su presencia. Aún así, Dovima no tenía miedo. Permaneció posando impávida y serena con la seguridad de estar participando de un momento de creatividad absoluta.


Dovima, conocida también como Dorothy Horan (Virginia, 1927 - Florida, 1990), fue la maniquí mejor pagada de su época. Descubierta por el fotógrafo de moda Irving Penn, posó para los más grandes fotógrafos luciendo los diseños de Christian Dior, Balenciaga o Pierre Balmain entre otros. Durante la década de los cincuenta, sus fotografías ocuparon un lugar preferente en publicaciones como Vogue o Harper's Bazaar. En 1962 decidió retirarse del mundo de la moda. Tras infructuosos intentos en el cine, terminó realizando empleos totalmente anónimos como vendedora de cosméticos o camarera. Murió en 1990 a la edad de sesenta y dos años.
Sin lugar a dudas, Dovima con elefantes es una de las instantáneas más reconocidas en la obra del fotógrafo norteamericano Richard Avedon.  De hecho, se trata de la única fotografía de moda incluída en el grupo de las mejores instantáneas del siglo XX. Algunas copias de la misma, forman parte de los catálogos permanentes del Moma y del Metropolitan Museum de Nueva York.
Conocía las fotografías de Avedon, pero  tras acudir recientemente a una conferencia sobre su obra, me cuestioné qué papel ocupaba la figura del retratado dentro del proceso creativo.  Considero que el caso de Dovima, o Dorothy, ejemplifica que en ocasiones detrás de una gran fotografía hay un gran historia. Nunca sabré si Dovima fue consciente de la gran  repercusión que tuvo la instantánea para la que posó aquella mañana de agosto. Desconozco también cómo transcurrió realmente su vida en el anonimato. Sólo espero que este texto sirva como tributo a todas aquellas personas (dígase modelos, atletas, milicianos, amantes furtivos...) que con mayor o menor conocimiento contibuyeron de forma determinante en la creación de instantáneas que a día de hoy se han convertido en iconos.