Lo primero que hizo Teresa al entrar en la habitación de aquél hotel fue sacar su vestido de la maleta para colgarlo en el armario. La huelga de los controladores aéreos la había dejado en tierra y casi ya había aceptado con resignación que no iba a asistir a la boda de su nieto que se celebraría en Londres a la mañana siguiente. Tras un reconfortante baño, la mujer encendió el televisor y se puso a hojear una publicación que había sobre la mesita de noche llamada “Madrid In & Out”. Sin embargo, pronto comprendió que la mayoría de los artículos estaban escritos en inglés por lo que volvió a dejar la revista en su sitio. En su juventud, Teresa había recibido una muy buena educación en las Carmelitas de Santander, pero en aquellos tiempos las niñas de su clase eran adoctrinadas, cómo no, en lengua francesa.
Fue entonces cuando algo que retransmitían en el telenoticias llamó poderosamente su atención. Ante el estado de excepción decretado por el Gobierno, se emitía en directo la conferencia de prensa convocada por el portavoz del sindicato de los controladores. Teresa se desprendió de sus lentes de lectura y concentró su mirada en la pantalla del televisor. Un hombre, parapetado tras una montaña multicolor de micrófonos, contestaba con suma paciencia cada una de las preguntas de los periodistas. Tras medio minuto de entrevista, la retransmisión volvió a los estudios del telenoticias y para su sorpresa, Teresa se dio cuenta que no había oído ni una sola de las palabras pronunciadas por el entrevistado.
Por un instante, pensó que el volumen del aparato no estaba lo suficientemente alto. Sin embargo estaba escuchando perfectamente la voz de los presentadores. Desconcertada, constató con cierto rubor que de aquellas imágenes recién emitidas, no se había dado cuenta de nada. Sólo de una cosa. Claro está. Aquél hombre le pareció increíblemente bello.








