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viernes, 8 de febrero de 2013

Crónica de una fiesta

 
Contaban quienes lo vivieron que el Gran Canal, ya de por sí ajetreado durante el periodo estival, se mostró especialmente concurrido aquellas calurosas tardes de 1951 con un tránsito incesante de lanchas que transportaban a los visitantes ilustres acompañados de sus equipajes formados por voluminosos baúles y sombrereras de formas singulares.
Carlos de Beistegui convocaba a la auténtica jet-set internacional a lo que pronto denominarían "la fiesta del siglo" para celebrar la construcción del Palazzo Labbia, su residencia veneciana. Al modo de las pinturas de Tiépolo que decoraban los muros del gran salón con imágenes de Marco Antonio y Cleopatra recibiendo la visita el emperador de China en presencia de los embajadores de Turquía y Persia, los invitados debían imitar este ambiente de lujo con sus atuendos y complementos. El excéntrico millonario había cuidado hasta el más mínimo detalle cualquier pormenor del exclusivo acontecimiento imitando prefectos que se seguían en el siglo XVIII y requiriendo a sus invitados el más alto nivel de exigencia en sus indumentarias. Las grandes casas de costura de París estuvieron trabajando en sus talleres a contrarreloj para poder atender los pedidos especiales de sus clientas. Y aquella noche, los chóferes y las berlinas quedaron aparcados en los garajes de la ciudad ya que sus dueños prefirieron hacer uso de las góndolas para trasladarse a palacio.
 
Foto de grupo en el gran salón del Palazzo Labbia.
 
Para la alta sociedad de aquella vieja Europa diezmada tras la segunda gran guerra, el gran baile de Carlos de Beistegui – Charlie, para los amigos – implicaría una nueva vuelta de página para comenzar a mirar el futuro con otros ojos. Quien era alguien en aquél momento, habría recibido su invitación. Del Aga Khan hasta Orson Welles.
Salvador Dalí y Gala acudieron a la fiesta disfrazados sobre unos zancos que los convertían en gigantes de siete metros de altura. Christian Dior diseñó estos disfraces entre muchos otros. Como el de la multimillonaria Daisy Fellowes que según muchos de los invitados tuvo la entrada más espectacular a modo de la Reina de África luciendo una increíble y pesadísima estola de leopardo que la obligó a permanecer reclinada durante  gran parte del evento. El modisto Jacques Fath y su esposa acudieron con una corte al estilo del Rey Sol y los López-Willshaw junto al barón de Réde triunfaron con su comitiva del emperador de la China.
 
Entrada del "Emperador de China y su corte"

Alexis de Redé junto a Arturo y Patricia López-Wishaw.


Daisy Fellowes como la reina de África


Jacques Fath es Luis XIV


Lady Diana Cooper representado a Cleopatra


La actriz Gene Thierney

Orson Welles enmascarado.



El anfitrión Carlos de Beistegui.
 

jueves, 8 de noviembre de 2012

Vistiendo el celuloide


A mi parecer, uno de los acontecimientos estrella de la temporada londinense está siendo sin lugar a dudas la exposición del Victoria & Albert Museum centrada en el vestuario mítico de las películas de Hollywood. Más de cien vestidos hacen un recorrido por los títulos más célebres del séptimo arte homenajeando así a la importante labor de un sinfín de maestros que contribuyeron de forma muy importante a alimentar el aura dorada que envuelve todo el mundo cinematográfico.
Desde que el cine es cine, y especialmente durante la época dorada de Hollywood, la perfecta maquinaria generadora de mitos en la que se habían convertido los estudios cinematográficos, contó con la inestimable labor de diseñadores de vestuario que en muchos casos desde la sombra se encargaban de enaltecer las fulgurantes estrellas del nuevo universo cinematográfico. Creadores como Bernard Newman, Gilbert Adrian, Irene Lentz, Edith Head o Travis Banton entre otros, alimentaron con sus diseños la visión glamourosa de los actores en los estudios. Seguramente siguiendo las premisas marcadas desde el viejo continente, sus diseños no dejan de ser auténticas creaciones que en muchos casos han sido injustamente ignoradas en los compendios sobre historia de la moda. Los productores americanos eran tan conscientes de la importancia de la imagen proyectada por sus estrellas, que Samuel Goldwyn contrató en 1931 por una suma millonaria a la mismísima Gabrielle Chanel para que viajara dos veces al año a Los Ángeles a diseñar para sus principales actrices.
 
Joan Crawford luciendo una creación de Adrian.
 
Por otro lado, con el paso de los años, los actores lograron liberarse del férreo control de los estudios, y su propia voluntad se fue imponiendo hasta llegar a escoger ellos mismos a sus propios diseñadores. En 1950, Marlene Dietrich al ser requerida por Alfred Hitchcock para protagonizar Pánico en la escena (Stage Fright) impuso su férrea voluntad en que la casa Dior creara en exclusiva su vestuario con la famosa frase “No Dior, no Dietrich”. Lo cual, por otra parte, complicó todavía más, la tensa relación con su compañera de reparto Jane Wyman. Lo cierto es que el cine y la moda han creado más de un tándem indisoluble, otro buen ejemplo lo encontramos en la pareja formada por Audrey Hepburn y Hubert de Givenchy a los que les unió también una estrecha relación de amistad.
 
Victoria Abril con un diseño de Gaultier para la película Kika.
 
Esta relación entre los creadores de moda y el mundo del cine se extiende hasta nuestros días. En ocasiones fruto de una mutua admiración, como puede ser en el caso de Gaultier - Almodóvar, y en otros casos como una mera herramienta promocional. Y por otro lado, continúa siendo fundamental el trabajo de increíbles diseñadores de vestuario contemporáneos como Gabriella Pescucci, Ann Roth, Piero Tosi, Eiko Ishioka (recientemente fallecida) o Milena Canonero, entre otros, sin el cual  innumerables películas perderían esa identidad visual que las fija en la memoria del espectador. Ojala exposiciones como la del V&A Museum contribuyan a ensalzar esta faceta creativa tan significativa como indispensable.
 

La Harlow sobre una tabla de descanso que evita arrugar su vestido.

 
Diseño de Walter Plunkett para Lo que el viento se llevó.
 

La actriz Ira Claire conversa con Gabrielle Chanel

 
Juntos, cinco de los grandes: Newman, Banton, Head, Adrian, and Irene.
 
Joan Fontaine popularizó la "rebeca", conocida por los fashionistas como twin-set.
 
Creación de Travis Banton
 
Creación de Bernard Newman.
 
Creación de Irene Lentz.
 
Shirley Maclaine probando un vestido de Edith Head.
 
Audrey Hepburn con Givenchy
 
Marlene Dietrich siempre fiel a Dior.
 
Cecil Beaton diseñando para My Fair Lady.
 
Barbarella vistiendo de Paco Rabanne
 
Diseño de Piero Tosi para El Gatopardo.
 

La Sastrería Tirelli todavía elabora gran parte del vestuario de las grandes producciones.

 
Vestuario de Ludwig de Visconti en la colección Tirelli.
 
Giorgio Armani vistió a Los Intocables.
 

Tacones Lejanos Victoria Abril de Chanel y Marisa Paredes de Armani

 
Gabriella Pescucci, colaboradora habitual en los filmes de Scorsese.
 
 
Celebradísimo trabajo de Milena Canonero para Barry Lyndon.
 
Eiko Ishioka dio su particular visión al Drácula de Bram Stoker de Coppola.
 
Imagen promocional de la firma Tom Ford

Publicidad de Giorgio Armani

El vínculo cine-moda siempre estará vigente...

 
 


Desfile Primavera/Verano 2013 de Ulyana Sergeenko, todo un homenaje a los diseños de Walter Plunkett para la heroína de Loque el viento se llevó (1939)

sábado, 17 de diciembre de 2011

La prima Jackie



Desde que descubrí la insólita historia de Las Beale, no consigo quitarme de la cabeza a estas dos mujeres extraordinarias. Y es que me atraen mucho los personajes quijotescos, especialmente femeninos; Emma Bovary, la señora Havisham, Norma Desmond, Blanche Dubois… Por encima de lo que algunos denominan escapismo, destaco su valentía por escoger libremente opciones de vida a contracorriente por encima de lo que se considera “normal”. En el caso de Las Beale, me gusta imaginarme a Little Edie frente a su espejo ajustándose una chaqueta a modo de turbante con un broche de baratilo. Varios gatos a su alrededor olisqueando entre sus enseres y de fondo el canturreo de la anciana madre…
En 1972, la revista New York Magazine desvelaba la insólita historia de Big Edie y Little Edie, tía y prima de Jackie Onassis respectivamente. Desde hacía años, madre e hija vivían en la destartalada mansión familiar de 28 habitaciones en West Hampton en compañía de una docena de gatos y algún mapache. Estos animales correteaban a sus anchas por montañas de basura acumulada en lo que fue una flamante residencia de veraneo. La anciana, Edith Ewing Bouvier, fue la hija mayor de una de las más  acaudaladas familias de Nueva York. En 1934, su marido abandonó el hogar familiar cansado de su comportamiento voluble y excéntrico. Despreocupada y sin reparar en gastos, Big Edie organizaba veladas intelectuales que en aquellos tiempos no estaban bien vistas en una dama de sociedad. La hija, Little Edie, conocida en su juventud por ser una belleza, nunca llegó a casarse a pesar de ser uno de los mejores partidos de la sociedad neoyorkina. Había heredado el espíritu artístico de la madre y se enfrascó en una infructuosa carrera como modelo y actriz.  Al final, aquejada de una alopecia nerviosa, se retiró de la vida pública enclaustrándose en la mansión familiar al resguardo de la madre.
Las familias Beale y Bouvier acabaron abandonado a su suerte a las dos mujeres con una irrisoria pensión que apenas les daba para sobrevivir. Fue en los setenta, cuando las continuas denuncias de la exclusiva comunidad de los Hamptons por el fuerte hedor y el estado de dejadez de la mansión Beale, lanzaron a la luz pública la existencia de estas singulares parientes de la glamourosa Jackie Onassis. Desconozco si se produjo algún encuentro real entre la viuda de Kennedy y sus parientes. Pero se dice que gracias a la intervención de esta y de su hermana, Las Beale no fueron desalojadas de su propiedad por motivos de salubridad pública.
Sin embargo, el singular modus vivendi de Las Beale caló de tal forma en la opinión pública norteamericana que en 1975 se rodó un documental titulado Grey Gardens, que era el nombre de la mansión. Dos jóvenes realizadores, visitaron la mansión durante cinco semanas filmando el día a día de las excéntricas protagonistas. Las escenas del documental provocan una sensación de tristeza y ternura, viendo el choque de egos que se produce entre dos mujeres olvidadas del mundo que por una vez se saben protagonistas. La anciana madre de mirada perdida seguía interpretando canciones de Cole Porter como si el tiempo no hubiera pasado. Por su parte, Little Edie escenificaba improvisadas coreografías con increíbles estilismos de cosecha propia: pañuelos con forma de turbante, faldas hechas con chaquetas anudadas, prendas de antaño reelaboradas… A pesar de sus discusiones, se percibe un enorme cariño entre ambas mujeres. Y lo que más me fascina es que en aquél escenario de locura y miseria Las Beale parecían vivir en perfecta harmonía, ajenas al mundo, pero felices.

Edith Ewing Bouvier en los años 20

Little Edie, fue una promedora señorita de sociedad.


La casa de las Beale ofrecía este desolador aspecto.



Little Edie posa frente a Grey Gardens.





Curiosamente esta increíble creatividad de Little Edie, precursora de lo que hoy llamamos vintage, ha servido de inspiración a día de hoy, para varias colecciones de diseñadores y multitud de editoriales de moda. También en 2007 se estrenó el musical Grey Gardens en Broadway y el pasado año el canal HBO estrenó un telefilm con el mismo nombre protagonizado por una irreconocible Jessica Lange y Drew Barrymore.


Fotografía de Toshi Tasaki

Vogue España, octubre 2010.


Vanity Fair Italia, noviembre 2011.


Bolso Little Edie de Marc Jacobs.

Cartel del musical de Broadway.

Drew Barrymore y Jessica Lange en la miniserie Grey Gardens.